En México a pesar de que la mayoría de la comida mexicana del día a día, como el picadillo, las albóndigas, las flautas de pollo, el pescado a la talla y por supuesto los mariscos, van perfecto con la acidez del vino blanco, su consumo es muy bajo, en comparación con el vino tinto.

Esto sugiere que existe un fenómeno mundial al que él mismo ha llamado “tintocracia”,que se refiere a la elección de vino tinto sobre todas las demás opciones. A pesar de que el gusto es subjetivo, la democracia no tiene lugar en el paladar, éste se rige bajo la tiranía de la química.

Esto se explica por ejemplo, que al combinar productos del mar con el tanino de los vinos tintos y la ptialina, mucina y albúmina, el resultado es una reacción metálica, algo similar a lamer un clavo.

Sucede lo mismo con el yodo en los jamones crudos que se curan en salmuera: boca metálica. Por ello, alimentos como el jamón serrano o el prosciutto van mucho mejor con los vinos blancos o rosados que con los tintos.

El problema es que existe un gran desconocimiento en México sobre el vino blanco y muchos mitos sobre él, y este problema tuvo origen durante los años 50, 60 y 70, cuando la calidad en la producción de los vinos blancos bajó de manera considerable, esto hizo que la gente se refugiara únicamente en los tintos y pensara que los blancos eran en general malos y de menor potencia.

Otro gran mito es el precio. En realidad, no hay nada de cierto en que el mejor vino es el más caro. Tampoco es cierto que el vino más conocido sea el mejor, y esto se debe principalmente a tres factores: puede ser que el vino sea el más popular porque su enólogo es muy famoso, porque la bodega de la que proviene es muy antigua o por el buen trabajo de marketing de su agencia.

En México no hay entendimiento entre el precio y el valor real de un vino blanco. Por el momento el mayor reto al que se enfrenta la industria es el de educar a los consumidores y recalca que nuestro país necesita más visión y apertura.

Fuente: Animal Gourmet